18 mar. 2011

Un piropo cubano: la medida.


Cuando emigras a otro país, te acostumbras, te adaptas, te integras. Llegas a tener sentido de pertenencia con todo lo que te rodea, monumentos, calles, comida, lengua, leyes. Pero siempre llevas a cuesta recuerdos que no por pocos o pequeños, echas mucho de menos.

Se hace cotidiano el día a día, cada mañana te levantas, te aseas, te vistes, y desayunes o no, te miras al espejo, tratas de llevar contigo la mejor cara, la combinación de un vestido, de un collar o los zapatos de moda. Mientras sales y coges tu coche o el transporte público para trasladarte al trabajo, te pasan por la mente las preocupaciones, los retos, las angustias, emociones todas. En cierto modo se reflejan en tu manera de andar, mirar, decir o no decir en ese silencio humano que es interrumpido por los ruidos de una ciudad.

En mi Habana, es exactamente lo mismo, la diferencia es que en ese trayecto eres muy observada, de arriba abajo, de frente y espalda, de lado y costado, los exigentes y múltiples ojos masculinos, hacen de sus miradas y palabras el más perfecto perfil de tu imagen, hacen del piropo la medida exacta de tu día.

Los piropos colman la esperanza, la alegría, hacen mejor, ese otro buen día. Se agradecen las buenas palabras, las frases lindas, la poesía, y aún mostrando indiferencia por respeto y distancia con el admirador-piropeador, por dentro te regocijas y lanzas a la espalda por instantes todas las preocupaciones.

Miles de piropos se conocen, se coleccionan y se practican. Algunos de ellos me vienen a la mente:

¡Mamiiiiii!! Si caminas como cocinas, hasta la raspa me comería!!!

¡Bombomcitoooo!!!!, coge la acera de la sombra que te me vas a derretir…!

¡Mami ¡ tú con tanta curva y yo sin freno….!!

Pero uno muy singular marcó mi colección particular, fue el piropo de un viejecito de unos 90 años. Había salido a merendar y de regreso al teatro atravesaba un parque de manzana para acortar camino, llevaba una croqueta en la mano que me iba comiendo, y aquel viejecito cuando vio que me acercaba, se levantó de un banco y apoyado en el tambaleo de su bastón, me dijo:

¿Quién fuera esa croquetica??? Obligando a reir a todo el que escuchó, incluida yo, dije: ¡Abueloooooooo!!!!